lunes, 6 de octubre de 2014

SEGUNDA DINASTIA OMEYA EN EL AL-ANDALUS



ABD AL-RAHMAN I BIN MUAWIYA Y LA SEGUNDA DINASTIA OMEYA

                                                                          

                                                                                                   POR: ROBERTO LIÑÁN RAMÍREZ


La historia del emir omeya en al-Andalus, ۶Abd Al-Rahman I bin Mu۶āwiyah bin Hišam bin ۶Abd al-Malid bin Marwān (113 hegira/731 era cristiana), se desenvuelve entre hechos singulares a los cuales las tradiciones posteriores, le han añadido rasgos divinos y de predestinación, ya sea con el fin de legitimar su posterior califato en la península Ibérica o con el fin darle mayores rasgos de grandeza. Ello dio pauta a historiadores como Ahmad al-Razi (d. 955).

‘Īsā Al-Rāzī, muerto en el 989, y ‘Arīb ibn Sa‘īd, muerto en el 980, realizaron sus trabajos sobre la historia de esta dinastía. Lo mismo sucedió con los intelectuales de Al-Andalus, para que sus califas y la capital de Córdoba pudieran competir en grandeza y tradición histórica con Bagdad y luego con el Cairo, y con el fin de legitimar su califato tanto históricamente como en forma divina. Así, por ejemplo, los ۶abbasíes y los fatimíes también promovieron la historia oficial de sus reinos, especialmente durante sus periodos de consolidación, para a su vez conferir autenticidad a sus reclamos sobre el califato y para legitimar la posición de sus gobiernos, para lo cual usaron algunas narrativas históricas.[1]

 Entre los trabajos que se escribieron para justificar históricamente la nueva dinastía omeya, con aires de divinización y predestinación al califato, están: los reportes anónimos de la Conquista de al-Ándalus, Akhbar majmi‘a fafath al-Andalus, y la Historia de la Conquista de Al-Ándalus, Ta’rikh iftitah al-Andalus de Ibn al-Qūtiyya (muerto en el 977), señalando de antemano que el territorio comprendido de Al-Andalus ya era parte de la herencia del califato omeya desde antes de la llegada de Al-Rahman I a la zona, reafirmando así la legitimidad de la subsiguiente dinastía. Estas obras presentan grandes aportes sobre las investigaciones de este periodo histórico, a pesar de que se realizaron bajo ciertos intereses particulares, donde algunos sucesos parecen estar mezclado con fantasías y exageraciones y resaltan más algunas acciones que otras, sin embargo, no dejan de proveer información y discusiones substanciosas.[2] 


Durante las conquistas musulmanas, y especialmente bajo el mandato de los sucesores del califa Omeya ۶Abd Al-Malik (685-705) y Al-Walīd (705-715), los avances musulmanes se sucedieron en tres direcciones: Constantinopla, Asia Menor, norte de África y la península Ibérica. Después de la conquista de Egipto los ejércitos árabes continuaron su avance por todo el norte del continente africano, fundando a su paso ciudades y campamentos militares, enfrentándose contra diversos grupos de beréberes, a los cuales de una forma u otra iban incorporando al islam; ello principalmente sucedió al oeste de Ifriquiya (Tunisia 670) y fundaron las ciudades de Qayrawan, Trípoli, Tunis, Tobna y otras en antiguos fuertes bizantinos como base de operaciones. Tomaron Cartago y sometieron a las tribus del centro y oeste del Magreb (698); y se dice que ya desde el 26/647-8, Según fuentes cristianas, los primeros contactos fueron en el 672-680; `Uthman bin `Affan había enviado a `Abd Allah bin Nafi` bin al-Husayn y a `Abd Allah bin Nafi bin `Abd al-Qays a España vía Ifriquiya y por mar, pero parece que mejor prefirió irse a Ifriquiya. Según algunas versiones de al-Tabari, los musulmanes no solo conquistaron España, sino también “Afranjah”, identificada como Portugal, sin embargo son datos que no han podido confirmarse y parecen poco probables.[3]  Hay que recordar que la completa conquista de Ifriquiya (Túnez), en realidad no se realizó sino hasta el 670 por `Uqba bin Nafi`.[4]

Sin embargo la necesidad de desarrollar una fuerza marítima musulmana sí se vio desde muy tempranos tiempos, durante los reinos de `Umar y `Uthman, primer y tercer califa, por la necesidad del control del Mediterráneo para neutralizar a la flota bizantina y el comercio, y para garantizar la seguridad del norte de África; pero por el momento sólo se pudieron hacer algunas expediciones al norte de África sobre la costa para obtener botín. El entonces gobernador de Siria Mu`awiyah I, siempre estuvo ansioso de enfrentar a los romanos en el mar, y lo mismo le sucedió al gobernador de Egipto a quien incluso se le preemitió construir una flota después de la segunda conquista de Alejandría.[5]

La conquista del Magreb fue extremadamente difícil. Las primeras expediciones marítimas comprobadas que se realizaron hacia la zona, partieron desde Egipto y Tripolitania, utilizando el arsenal que habían abandonado los bizantinos en Alejandría y Siria después de su huída  en el 642; éstas expediciones se organizaron en contra de Sicilia y el Magreb en el 675, y en el 681 `Uqba b. Nāfi` llegó a Tánger.[6] La pacificación del Magreb pudo ser posible sólo hasta el 710 cuando se firmó un pacto entre Tariq ibn Ziyad y el jefe gumara Julián, ya que los ataques de los beréberes ofrecían mucha resistencia.[7] Paulatinamente los árabes fueron desarrollando el norte de África con trabajos de irrigación, jardines, y con la promoción de nuevos cultivos. En noventa años de gobierno de la dinastía omeya, el imperio musulmán alcanzó su máxima extensión territorial, extendiéndose desde la India hasta la península Ibérica. Tunisia, en especial, se convirtió en un importante centro de operaciones en su región. Sin embargo, a pesar de los grandes esfuerzos por parte de la dinastía omeya, por mantener unido el imperio y mantener su régimen en un gobierno centralizado dinástico, se fueron fragmentando y haciendo de grandes enemigos, las revueltas tanto internas como los ataques que venían de afuera de las fronteras no se hicieron esperar.

En el 743 el régimen del omeya Hišam empezó su fin hasta que las fuerzas militares de Siria no pudieron resistir más, ya que las luchas tanto internas como externas que libraron los omeyas habían debilitado al imperio, el vencedor de la contienda fue Marwān II, pariente lejano de Hišam, y traslado su residencia a Harran donde estaban los qaysìes.[8] Los turcos empezaron sus avances en Transoxania, y otras tribus de nómadas penetraron las fronteras árabes en Ardabil, invadiendo Armenia y llegando hasta Mosul (730), en el 740 los griegos destruyen gran parte del ejercito sirio en Acrazas en Anatolia, los árabes y tribus de beréberes fueron derrotados en Francia en el 732, y otros beréberes bajo los auspicios del khariyismo se rebelaron en el norte de África, igualmente rematando a las tropas sirias, y justamente las tropas sirias que sobrevivieron de esta derrota huyeron y buscaron refugio en la península Ibérica, y fueron éstas tropas precisamente las que ayudaron a ۶Abd Al-Rahman I a reestablecer la dinastía omeya en al-Andalus.[9]

En esa época había gobernado desde Damasco la dinastía de los Omeyas (632-661). Anterior a ellos había sido el periodo de los califas ortodoxos, o los rashidun, o “bien guiados” (632-661), que gobernaron a la comunidad musulmana a la desaparición del profesta Muhammad. La dinastía de los omeyas habían sido testigos de la gran expansión de los primero años del islam en el mundo.

Sin embargo, otros grupos recién convertidos al islam no estaban muy de acuerdo en que los omeyas tuvieran tanto poder. Del 744 al 750 los šíitas y khariyitas lucharon por la toma del poder, el gobernador de Armenia Marwan se autonombró califa pero no fue reconocido por estos grupos no vieron con simpatía la expansión omeya.[10] Desde el 747, otro grupo, el de los ۶abbasíes empezaron a entrar en escena, los ۶abbasíes (750-1258), clamaban ser descendientes de Abú Al-۶Abbas, tío del profeta, e iniciaron una serie de conquistas que mermó a los demás poderes; derrotaron a sus enemigos en el Khurasan, aprovecharon la revuelta yemení en el este de Irán y pudieron derrotar a Marwan en Irak haciéndose del poder en el 750. Con esta acción los ۶abbasíes  marcaron el fin de la dinastía omeya en oriente, meses después Marwan II huía a Egipto, pero antes murió en una batalla contra su rival Abd Al-Abbas.

A través de la historia los ۶abbasíes habían desempeñado un papel modesto en torno a la figura del Profeta, y hasta entonces, nunca habían dado muestras visibles de ambición. No obstante llegó su momento. Con el fin de exterminar de raíz a la dinastía omeya en Damasco, Siria, iniciaron una cacería contra la familia de los omeyas, y decidieron asesinar a todos sus miembros, por ejemplo, Dawud bin Ali asesinó a los miembros de la familia Omeya que habían sido arrestados en Meca y Medina, continuando así una serie de matanzas de sus oponentes en las distintas provincias y luchando “en la senda de Dios”.[11] Paulatinamente el poder de los omeyas iba decreciendo hasta que el ۶abbasí Abd Allah, que gobernaba en Damasco, organizó una fiesta e invito a miembros de la familia de los Omeyas, fingiendo una reconciliación y unión entre ambas familias para gobernar juntos. A la fiesta acudieron cerca de 90 miembros; todavía no terminaban de sentarse cuando Abd Allah mandó que los asesinaran sin más. Gente armada entró y comenzó la cacería, ríos de sangre corrieron del salón de la celebración, y al terminar dicha matanza y cuando aún estaba cubierto todo de sangre y restos corpóreos, los ۶abbasíes continuaron la celebración para festejar el triunfo obtenido. Con la misma crueldad continuó la matanza de omeyas y sus seguidores en otras ciudades para exterminar aquel linaje.

No obstante el hijo de Moawiya, el príncipe ۶Abd Al-Rahman I, pudo escapar a la matanza de los abbasíes, y fue él quien en el año 756 reinstauró la dinastía omeya en al-Andalus para que gobernara por doscientos años más.

En los territorios ocupados por gente partidaria a los omeyas se les empezó a sustituir por gente de los۶abbasíes, Isa bin Musa gobernó Kufa y sus alrededores, Sualyman b. Ali se ocupó de Basra y sus dependencias, los distritos del Tigres, Bahrayn Uman, Ird y Mihrijanqadhaq, Ismail b. Ali gobernó en Ahwaz, Mansur b. Jumhur gobernó en Sind, y Abú Muslim el Khurasan y Jibal, Abadía bin Ali gobernó Qinnasrin, Hims, los distritos de Damasco y el Jordán, Salih bin Ali gobernó Palestina, y Abd Al-Malid b. Yazid, Abú `Awn Egipto.[12]

Cuando los musulmanes llegaron a la península Ibérica ésta se hallaba hasta cierto grado ocupada por reinos de visigodos, que durante el siglo V y VI, habían hecho sus incursiones en la península junto con grupos de vándalos y suevos, sin embargo, los visigodos pudieron imponerse a estos grupos y formaron un reino que duró aproximadamente dos siglos. Los visigodos se habían convertido del arrianismo al cristianismo, y se aliaron con el Papa en contra de los mismos arrianos y de los grupos no cristianos de la península como los hispano-romanos y judíos, no obstante, los visigodos que fundaron su capital en Toledo nunca fueron mayoría en la península.[13] El entonces rey Rodrigo en una octava batalla contra los moros era vencido y tuvo que abandonar su reino en medio de lamentaciones.

Mūsa bin Nusayr gobernador de Ifriquiya (708) designado por el califa Al-Walīd; emprendió nuevas misiones militares en contra los beréberes del Magreb, y después de estudiar bien la situación organizó incursiones dentro de la península Ibérica. Los judíos estaban en gran descontento debido a la discriminación y persecuciones que sufrían a manos de los visigodos, y esto junto con las conspiraciones que se llevaban a cabo en contra del rey visigodo Rodrigo, fue aprovechado por Mūsa bin Nusayr. Primero envió una misión comandada por Abú Zaraf Tarif (julio del 710) llegando a un punto al sur de la península, llamado en su honor Tarifa; saqueó Algeciras con 400 hombres y 100 caballos para regresar posteriormente a África, en otras expediciones se conquistaron las costas de Sicilia, las Baleares hasta, que el lunes 27 de Abril (5 Rajab) del 711), Tariq ibn Ziyad, lugarteniente de origen berebere con 7 000 soldados la mayoría beréberes y a los cuales luego lo alcanzaron otros 5 000, bajo las ordenes del gobernador de Ifriquiya llegó a la península Ibérica.

Al mismo tiempo, al otro extremo del imperio, ejércitos musulmanes entraban en Samarcanda y en la India. Tariq cruzó el estrecho de Gibraltar y estableció una base previa a su avance dentro de la península pasando por los Pirineos hasta Narbona,[14] fue conquistando ciudad tras ciudad. Mientras tanto, el rey visigodo Rodrigo estaba muy ocupado en una guerra contra los rebeldes vascos del norte de la península, y tuvo que regresarse hacia el sur para intentar frenar el avance de los nuevos invasores, pero no fue suficiente, y Tariq lo derrota en Guadalote (o Guadarranque), para entonces las fuerzas visigodas ya se encontraban muy divididas. Tariq dirigió su ejército a Córdoba y luego a la capital visigoda de Toledo, posteriormente continuó su conquistas hacia Clunia, Astorga y Fortun de Aragón.[15]

Antes de la llegada de los musulmanes prácticamente no se conocía nada de Gibraltar. En el siglo X la región fue incluida dentro de al-Andalus por los geógrafos al-Istakhri, al-Maqdisi y Ibn Hawqual, refiriéndose a la península como Jabal Tariq, “La Montaña de Tariq”, Gibraltar. Así, todo el al-Andalus quedó incorporado como parte del dominio del Califa de Damasco. En todo el imperio se inició un proceso de arabización e islamización y se ordenó la construcción y ampliación de Mezquitas, especialmente las de La Meca, Medina y Damasco. Los primeros ejércitos musulmanes que hicieron su entrada en la zona estaban formados principalmente por ejércitos de beréberes, Eran conocidos bajo los nombres de Masamuda, Sanhaja y Zenata. los cuales fueron formando pequeñas unidades autónomas de poblamientos en zonas de la Meseta y de Extremadura, constituyendo nuevos modelos de organización socio-económica.

Al año siguiente de la entrada de Tariq, el gobernador de Ifriquiya, Mūsa, organizó una nueva expedición militar en la zona mucho más numerosa y mejor armada, compuesta de elementos árabes procedentes de Kairuán para controlar él directamente la situación, pues se sentía amenazado y celoso de las conquistas realizadas por Tariq, y quería reafirmar su titulo de gobernador mediante la conquista, la cual había terminado momentáneamente cuando él conquistó Tánger y llegó hasta Ceuta. Mūsa cruzó el estrecho en el Ramadàn del 712, y se dirigió hacia la capital visigoda de Toledo que ya había caído en manos de Tariq, en su camino capturó Sevilla, Mérida y otras ciudades. Tariq y Mūsa se encontraron cerca de Toledo en Talavera y juntos conquistaron Zaragoza, Huesca y Lérida en el 714. Posteriormente durante los años del 713 y 714, Al-Walīd I mandó llamar a Damasco a Mūsa, Tariq y a otros generales para que rindieran cuentas pero éstos ya nunca regresaron.

Los reinos visigodos se encontraban muy debilitados y desorganizados cuando llegaron los musulmanes. No gozaban del apoyo del a población hispanorromana que incluso dio la bienvenida a los musulmanes, así que los investigadores coinciden en que más que una guerra de conquista, fue más bien una ocupación de territorios por parte de los musulmanes, de tal forma que en la mayoría de los casos, la ocupación se realizó mediante acuerdos o pactos con reyezuelos locales y sólo se suscitaron batallas aisladas. Por lo tanto, los musulmanes encontraron poca resistencia en Spania, y en un pequeño lapso de tres años sus ejércitos dominaron desde Gibraltar hasta los Pirineos, excepto las zonas nortes aisladas. El pueblo rápidamente se adaptó a los nuevos llegados y viceversa pues se respetaron las legislaciones y costumbres locales. Empezó así la formación de la España Mozárabe.

Mūsa dejó a su hijo Abd Al-´Aziz como gobernador de al-Andalus, quien continuó las conquistas en la península Ibérica expandiéndolas a Málaga, Elvira y Murcia en el sur donde firmó un tratado con el gobernante visigodo Teodomiro de Murcia (Tudmir), luego avanzó hacia Tarragona, Pamplona, los Pirineos y Gerona en el norte hasta que en el 716 que fue muerto.[16] Los califas hicieron varios intentos por mantener a los lejanos territorios del Magreb y Al-Andalus como parte del imperio y a sus musulmanes dentro de la comunidad; así muchos de los gobernadores de esta provincia continuaron siendo nombrados desde Ifriquiya o Egipto.

  Para la organización y control de estos nuevos territorios, se utilizó el conocimiento y técnicas de los pueblos conquistados cristianos y judíos, así como instituciones tomadas de Bizancio y Persia.

Considerables diferencias se presentaron entre las nuevas poblaciones de árabes y beréberes que se fueron asentando en la península tras el avance de los musulmanes, diferencias que tenían que ver sobre todo con lo étnico de los grupos, diferencias sociales, tribales, de clan, rivalidades familiares por el poder, por la tierra, por posiciones administrativas, rangos militares, prestigio, además de las divisiones de la estratificación social que presentaba la misma religión.

Así, por un lado encontramos que, entre los árabes estaba la confederación tribal de los kalbíes (Qahtān) o yemenitas del sur, y por el otro los qays (Qays, Ma`add, Mudar, Qays `Aylān) o sirios y habían otros pequeños grupos de Medina, los árabes y los beréberes, todos eran opuestos entre sí, por lo tanto en los primeros años de la penetración y el asentamiento musulmán en la península Ibérica, tomaban lugar enfrentamientos cotidianos entre los mismos árabes y éstos contra las tribus de beréberes,[17] y para terminar de complicar las cosas, también se presentaban diferencias concernientes a los dogmas religiosos, los yemeníes, por ejemplo, tendían al šíismo y a los ۶abbasíes; los qaysíes se identificaban más con la sunna y apoyaban a los omeyas y otros grupos más tenían ideas de los khariyitas; y los distintos gobernadores pertenecían a uno u otro bando.

Las dos principales confederaciones tribales, la de los kalbíes y la de los qays, clamaban por su superioridad cada uno a su manera. Los kalbíes sentían gran orgullo por ser descendiente de los antiguos grandes reinos del sur del Yemen y por su gran cultura pre-islámica, y añadían a Qahtān, hijo del profeta Hūd, orígenes especiales, y lo conectaban en descendencia directa con Ismā۶īl, “el padre de los árabes”, y por otra parte, los qays tribu del grupo Ma`add clamaban por la superioridad de la tribu quraiši, pues mientras que los kalbíes pertenecían a la época de la yahiliya, ellos eran de la del islam, y además enfatizaban el hecho de que el profeta Muhammad pertenecía a su grupo. A parte de las disputas que ya tenían de ante mano estos grupos, debido a la necesidad de ocupar las mismas tierras y los intereses en común que de ello pudiera derivar, existían todavía disputas ancestrales entre todos ellos, pues además todavía estaba fresco en la memoria, por ejemplo, la batalla de Harrā` y la masacre de Medina.[18] Además, estaban de los derechos que un grupo reclamaba por haber llegado primero al lugar. Por ejemplo, al parecer los primeros en llegar fueron los yemenitas, los Al-baladiyyan de “país”, y el segundo grupo en llegar (740) estaba formados por el de los sirios llamados Al-Shamiyyan.

            Entre de beréberes también se presentaban diferencias considerables. Las diferencias tenían que ver también con disputas familiares, de clan, de tribu, etcétera; rivalidades que también se llevaron a al-Andalus. Entre los principales grupos estaban los Branes, los Botr, los Sanhāja, los Zanāta y el de los Miknāsa, que peleaban entre sí; y también entre estos grupos estaban los “viejos” beréberes que llegaron primero durante las primeras conquistas de la península, y los “nuevos”, que llegaron después de ellas.[19]

En el año 741 hubo un notable levantamiento berebere. Se sublevaron debido al mal trato y la discriminación de las que eran sujetos por parte de los árabes, ya que éstos se sentían superiores y por eso les daban las peores tierras, a lo cual se añadió una sequía que agravó los problemas; esta sublevación coincidió con la que estalló en el norte de África, desde Kairuán hasta el Atlántico, por razones similares. La situación salió del control de los gobernantes locales, lo cual provocó que el entonces gobernador de Al-Andalus, ۶Abd al-Malik ibn Qatan, un kalbí, llamara en su ayuda a tropas desde la lejana Siria (que fueron los mencionados del segundo grupo que llegaron), ya que los ejércitos de los beréberes asediaban por todo el territorio del Magreb, bajo el mando de Baly ibn Bisr, que era qaysí, el cual ya se había establecido en Ceuta y estaba a un paso de entrar en la península.

Finalmente los qaysí tomaron el control de la situación, y derrocaron a duras penas al gobernador۶Abd Al-Malik y a los kalbí (741), sin embargo, la tribu kalbí tribu no se resignaría a perder el poder y pronto comenzaron nuevas revueltas y desorganización. Mas tarde los vencedores lucharon entre sí y el lugarteniente Balg se proclamó Emir de Córdoba, y ejecutan a ۶Abd Al-Malik, pero al año siguiente muere Balg y un nuevo emir fue nombrado desde Damasco, y así pudieron mantenerse los sirios en el gobierno por quince años.[20] Bajo tal situación de incertidumbre y descontrol llegó huyendo a la península (756) el príncipe omeya ۶Abd Al-Rahman I bin Muawiya, llamado el Al-Dakhil, “el Inmigrante”.[21]

Como empezamoa a ver la historia de Al-Rahman I, nieto del califa Hišam, es toda una historia que parece haber sido sacada de Las Mil y una Noches. A vísperas de terminar con las guerras por la sucesión del califato, y después de que el grupo de los ۶abbasíes tomaron el control de la situación, decidieron finalmente tomar el poder y legitimar su dinastía después del descontento social que durante mucho tiempo habían causado los omeyas a los cuales, entre muchas cosas, acusaban de haberse alejado de los fundamentos del islam. Los ۶abbasíes elaboraron todo un plan para acabar definitivamente con la dinastía Omeya, para ello, con la promesa de un armisticio, muchos de los supervivientes omeyas habían sido convocados en Palestina a un banquete de pretendida reconciliación, así intentaron reunir a toda la familia omeya que se habían refugiado en Irak, Egipto y Medina para después asesinarlos sin piedad (750) y luego exhumaron los cuerpos de sus muertos.[22]

Cuando la familia de ۶Abd Al-Rahman I fue asesinada, éste se encontraba de cacería con su hermano menor. A partir de esta serie de eventos, se desarrolló toda una serie de historias mezclando realidades con fantasías, pues se ha querido sugerir, que tales sucesos ya estaban predestinados a suceder, lo cual demostraban ciertos “augurios” que la familia de Al-Rahman iba teniendo, así como el mismo desde su niñez. Entre estos augurios se encontraba uno que según decía que en algún momento el refugio de la familia sería Ifriquiya, por lo cual algunos miembros de la tribu ya habían empezado a marcharse con anterioridad.[23] Al momento en que se dieron cuenta de lo que pasaba huyeron rumbo al río Eufrates para escapar a su otra orilla, sin embargo su hermano menor no pudo llegar hasta el otro lado y tuvo que regresar, al momento fue capturado e intentaron usarlo de carnada para que Al-Rahman I se entregara, y al negarse a ello su hermano fue ejecutado por los soldados ۶abbasíes ante los propios ojos de Al-Rahman I, éste se salvó pues pudo cruzar el río, huyó secretamente hacia Palestina junto con su sirviente Badr para después cruzar el desierto y llegar a Egipto.

Cuando llegó a Kayrawan no encontró muy buena disposición de su gobernador y decidió marcharse al Magreb. Al-Rahman I estuvo un tiempo en la región de Tāhart protegido por los restemìes, después buscó el apoyo de la tribu berebere de Miknasa y posteriormente de la tribu de Nafza, en las costas del Mediterráneo de Marruecos, tratando de aprovechar la situación de que se madre había pertenecido a esa misma tribu, pero finalmente con la ayuda de su mawli atravesó el mar hasta al-Andalus.[24] Al-Andalus fue el nombre que le pusieron los árabes a la península Ibérica, que hasta entonces seguía regida por emires nombrados desde Damasco.

Así Al-Rahman I tuvo que vagar meses por el desierto y soportar toda clase de peripecias que pudieron matarlo. Cuando estaba residiendo en la tienda de una beduinos recibió la visita de unos jeques quiens ofrecieron llevarlo al Al-Andalus.

Al-Rahman I pudo llegar hasta la península gracias al apoyo que encontró por parte de los antiguos clientes omeyas que figuraban entre las tropas sirias de Baldj bin Bishr, que entonces dominaban gran parte del sur de al-Andalus, así como de las tribus kalbíes. ۶Abd al-Rahman I llegó a Ceuta y desembarcó cerca de Almuñécar (al-Munakkab) en agosto del 755 (I Rabi 138/14). Al-Rahman I contactó a los antiguos clientes omeyas de la península, y les explicó la situación apelando a su lealtad, posteriormente aseguró alianzas con las fracciones contendientes. Entonces era walí (gobernador o emir), de Al-Andalus Yusuf  bin  ۶Abd al-Rahman  al-Fihri quien era apoyado por los qaysíes, pero sometido por Sumayl al- Kilabi, nieto de Šimir, quien había asesinado a Husayn en Karbala. También habían llegado huyendo al-Andalus de las persecuciones de los šíitas. Pronto al Rahman I entró en discrepancias con Yusuf al-Fihri y éste fue vencido primero junto al Guadalquivir (756), y luego el 15 de mayo (Dhu `l-Hidjdja) a las afueras de Córdoba y posteriormente fue asesinado por el general omeya Sumayl mientras huía hacia Toledo en el 759, y a su vez Sumayl fue asesinado por órdenes de al-Rahman I.

Así, ءAbd al-Rahman I pudo continuar la dinastía omeya, ahora bajo la formación del emirato de al-Andalus protegido por un ejército de mercenarios, el emirato duró desde el año 756 hasta el 976, y con algunas otras batallas libradas en el campo de batalla pudo organizar un estado, pacificó la región y estableció su capital en Córdoba.[25] Inmediatamente mandó hermosear la ciudad y construir la mezquita y una quinta que nombro Ruzafa. Las noticias sobre la formación del nuevo emirato de Córdoba llegó a todas partes de los dominios musulmanes, muchos de los partidarios de los antiguos omeyas inconformes con la usurpación de los ۶abbasíes decidieron marcharse a la península Ibérica y tomar parte en la formación del nuevo emirato.

Como ya se mencionó, la región a la que llegó al-Rahman I estaba compuesta de muy diversos grupos étnicos, culturales, idiomas y religiones, así que realmente el proceso de reconciliación entre tantas fracciones e intereses se desarrolló a lo largo de todo el nuevo emirato y luego califato, que duró más que el califato que se había fundado en Siria. Entre los grupos contendientes de al-Andalus, estaban los beréberes, árabes yemenitas y judíos y se añadieron a éstos el de los muwallad, musulmanes descendientes de cristianos convertidos al islam, y los mozárabes, habitantes de al-Andalus a los cuales se les permitió conservar su religión cristiana, también llegaron grupos de eslavos (Saqhlibah), quienes con el tiempo jugaron un rol muy importante en el ejército, y por último el grupo de esclavos negros traídos del Sudán.

Entre las principales revueltas que tuvo que hacer frente Al-Rahman I, estuvo la del gobernador de Zaragoza, Sulaiman Ibn Al-Arabi, situación de la que quiso aprovecharse Charlo Magno,[26] pero fue derrotado en Roncesvalles en el 778, se retiró y buena parte de sus tropas fueron derrotadas por el vasco Roldán; a quien después también Al-Rahman I derrotó después de tomar Zaragoza (780); suprimió las revueltas de los fihríes que ayudados por los yemenitas llegaron a poner en aprietos a ۶Abd al-Rahman I en Carmona, y más tarde pudo continuar la guerra contra las tribus de beduinos durante aproximadamente diez años;[27] ۶Abd Al-Rahman I murió en el 788, y a similitud de sus ancestros Mu`āwiya y ۶Abd Al-Malik Ibn Marwān después de guerras civiles habían establecido o renovado en su momento una dinastía omeya. ۶Abd Al-Rahman I no se atrevió a reclamar el califato, pues su estado aun era muy débil e inseguro, y prefirió conformarse con declarar un emirato para no entrar en nuevos problemas con los ۶abbsíes. A pesar de todo, se pudo prever de un nuevo centro administrativo y militar a similitud, y a menor escala, al anterior Califato de Damasco, con una tradición que permaneciera fiel a la tradición Siria. Al parecer el éxito de ۶Abd Al-Rahman I causó gran impresión y respeto en todo el imperio, e incluso se dice que el califa ۶abbasí Abú al-Mansur, le dio el nombre de sakr Kurayš (“halcón qurayšì”), por su coraje y hazañas.

Los primeros sucesores de Al-Rahman I, fueron su hijo Hišam I (788-796) y su nieto Al-Hakam I (796-822). Continuaron el proceso de pacificación y consolidación del emirato en Al-Andalus y propagaron la escuela malikí de derecho, y emprendieron cotidianas expediciones contra los principados cristianos del norte. Entre las grandes revueltas que tuvieron que hacer frente, están por mencionar sólo algunas, la del 806, de los muwalladan, o muladíes nuevos conversos no árabes; las del año siguiente “Jornada del Foso”, donde mucha gente fue masacrada; la rebelión del Arrabal (al-Rabd, barrio judío de Córdoba), de 814; la del 850 dirigida por los blasfemos muzárabes de Córdoba; en el 880 `Umar ibn Hafsūn un muwallad comenzó una guerra civil (fitnah) en Bobastro en contra de la dominación árabe y por la igualdad y mejores condiciones de vida, etc.

No obstante de tantas divisiones, especialmente ya durante el siglo X bajo el gobierno de uno de los sucesores de Al-Rahman I, ۶Abd al-Rahman III, el emirato se convirtió en Califato omeya en Al-Ándalus (912), el cual gozó de gran prosperidad y prestigio. Los distintos grupos y religiones alcanzaron buen margen de tolerancia para practicar sus costumbres y creencias religiosas, realizar actividades económicas e incluso ocupar importantes cargos en la administración pública sin importar su fe. La capital del califato, Córdoba, llegó a competir en bienestar y grandeza a las grandes metrópolis medievales, incluidas Roma, Alejandría e incluso Constantinopla.


Desde un principio los califas, con el fin de legitimar su gobierno así como sus acciones, han echado mano del Qur´an, los hadits del profeta y toda serie de documentos que pudieran servir como respaldo y como forma de legitimizaciòn legal y divina de su posición en el gobierno, tanto para el califa en turno como para los gobernantes que se impusieron dentro de la misma familia, lo cual contravenía a los preceptos de las tradiciones de las antiguas tribus de La Meca y Medina, y a la de los pueblos que fueron absorbiendo conforme avanzó el islam.[28] Durante el califato de la primera dinastía Omeya se les acusó de haber dejado de gobernar conforme a los preceptos islámicos, y con ese pretexto se les quitó del poder instaurándose en su lugar una nueva dinastía, que continuó con el proceso de consolidación del imperio musulmán; se mantuvo una constante propaganda en contra de los omeyas, pues se afirmaba que se conducían en la impiedad, a lo que achacaban los males que se hacían sentir en la organización general de la sociedad, tanto en lo material como en lo espiritual; sin embargo, después de su derrocamiento en Siria, la dinastía y el proceso de legitimizaciòn de los omeyas continuo en una segunda etapa en el al-Andalus.

Cuando la dinastía ۶Abbasí se desintegraba varios grupos reclamaron el título de “Califa” (Sucesor), entre ellos estaban los fatimíes de Egipto y los omeyas en Al-Andalus, ۶Abd Al-Rahman III (912-961), quien sucedió a su abuelo ۶Abd Allāh (912), basaba sus reclamos en el califato de sus ancestros en Siria con lo que justificaba la posición e insignias del califato. El šíismo volvió a levantar a las masas en contra de los ۶abbasíes a los cuales acusaba de haber traicionado el movimiento, asimismo el grupo de los isma۶ilíes como movimiento religioso-político, comenzó su resistencia en el sur de Irak, Bahrain, Siria, Mesopotamia, Yemen, Daylam; al este de Irán y en el norte de África. Alrededor del 870 se empezaron a suscitar revueltas campesinas en Irak por parte de los esclavos negros Zanj, traídos de África oriental para trabajar los cultivos de caña y en las marismas. Su levantamiento se inició en Basora y duró del 869 al 887;[29] también los beduinos en Siria comenzaron sus revueltas, y se propagaron al noreste de Arabia, y provocaron la formación del movimiento isma۶ilì de los Qarmata, (de Hamdan Qarmat), que en el 920 atacó Basra, Kufa y sitió Bagdad, formando el estado qarmatiano en Bahrain que les permitió obstruir las rutas de peregrinaje a La Meca e incluso la saquearon llevándose consigo la famosa Piedra Negra de la Ka۶ba que no devolvieron sino hasta después de veinte años.

En 909 en el norte de África se fundó la dinastía Fatimí, la cual ya para el 969 conquista el norte de África y Egipto; estos fatimíes adoptaron el título de “Califa” reclamando ser los auténticos sucesores del profeta Muhammad en todo el mundo musulmán, y el mismo derecho lo reclamaron varios otros grupos y principados de árabe-beréberes que establecieron sus estados en el norte de África, tales como el régimen de Idrisid fundado en la antigua capital romana de Volúbilis por descendientes de ۶Alī y Fátima, que habían escapado de Arabia después de la derrota šíi en el 786. Idris después de aliarse con otras tribus conquistó el norte de Marruecos y su hijo Idris II fundó Fez en el 808, habían otros grupos en la región como los Barghwata seguidores de Salih bin Tarif, quien incluso también se había declarado previamente profeta y tenía su propio libro “revelado”.[30] Otra coalición de pueblos beréberes fue la de los al-Morávides, los al-Morávides conquistaron Marruecos y fundaron Marrakech como su capital alrededor del 1070. Así, como ya se anticipó, entre las dinastías que reclamaron el título de Califa y la jurisdicción de todo el imperio musulmán fue la dinastía omeya en al-Andalus encabezada por Abd Al-Rahman III, quien oficialmente se declaró califa en el 929 y fundó el califato de Córdoba en Al-Andalus separándose definitivamente del califato۶Abbasí de Irak.


Abd Al-Rahman III llegó a ejercer gran dominio en la Península Ibérica. Incluso llegó a intervenir en las disputas de reyesuelos cristianos. Durante su gobierno y el de su sucesor Al-Hakem II, el Califato de Córdoba llegó a su máximo esplendor; las ciudades properaban, los campos daban abundantes frutos y un orden reinaba por doquier. No sólo había una prosperidad material sino también intelectual; se establecieron academias en Sevilla, Toledo, Valencia, Almería, Málaga y Jaén, tan sólo en la capital de Córdoba Al-Hakem II fundó veinticiete colegios, donse se educaba gratis a los niños de padres pobres. A las academias, dependientes de las mezquitas, llegaba profesores y estudiantes de todas partes del mundo musulmán, desde Asia, Arabia, hasta Africa, pues ahí encontraron libertad para enseñar y aprender pues además había tolerancia religiosa. Se mandaron comprar, copiar y encuadernar de todas partes libros de todas clases y se formaron inmensas bibliotecas de hasta cuatrocientos volúmenes abiertas al público. Desde el siglo X en la España musulmana se inició como nunca antes tan masivamente la afición a los largos viajes científicos.

No solamente Al-Hakam II fue gran aficionado al aprendizaje y a las ciencias sus sucesores también hicieron otro tanto. Se vivió toda una revolución cultural en españa, la ciencias florecieron, la literatura y todas las artes; los sabios venidos de todas partes recibieron grandes favores de las cortes musulmanas. La capital de Córdoba florecía, contaba con cientos de edificios, baños públicos y seisientas mezquitas, la ciudades estaban limpias y contaban con alcantarillado como ninguna otra de su tiempo.

Sin embargo, todo llega a su fin. Con el tiempo las luchas y competencia entre los diversos grupos étnicos que integraban la sociedad y el ejército, el escepticismo religioso y el relajamiento de las costumbres provocaron la decadencia del califato. Se desintegró el Califato y en su lugar aparecieron los reinos de Taifas que empezaron a guerrear entre sí para obtener la hegemonía, pero ningún reino pudo conseguirla y sólo fueron debilitándose cada vez más. Lo cual fue aprovechado por los reinos cristianos de los alrededores que se iban fortaleciendo considerablemente, y fueron conquistando uno a uno a todos los reinos musulmanes. A mediados del siglo XI, la ciudad de León cayó en manos de los cristianos; el rey Alfonso VI conquista Toledo en el 1085, Zaragoza sucumbió en el 1118, la gran capital de Córdoba fue ocupada en el 1236 y Granada cayó en manos cristianas en 1492, mismo año en que los europeos llegaban a América. Los orgullosos musulmanes fueron forzados a la conversión o a abandonar la una vez omnipotente Al-Andalus.




  
BIBLIOGRAFIA Y FUENTES CONSULTADAS


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[1] Safran, Janina M., The Second Umayyad Caliphate, the arcticulation of caliphal legitimacy in al-Ándalus, pp. 114-115.
[2] Ibid, pp. 119-120.
[3] Hasan, Saghir al-Ma`sumi, “The earliest Muslim invasion of Spain”, en: Journal of the Islamic Studies, v. V, sep. 1966, no. 3, pp. 98-100.
[4] Barceló, Miquel, “Some commentaries on “The Earliest Muslim Invasion of Spain”, en: Islamic Studies, pp. 185.
[5] Hasan, Saghir al-Ma`sumi, “The earliest Muslim invasion of Spain”, en: Journal of the Islamic Studies, v. V, sep. 1966, no. 3, p. 97.
[6] En  el 683 `Uqba derrotado y muerto frente a los Rum y los beréberes de Kusayla bin Lamzam. Barceló, Miquel, “Some commentaries on “The Earliest Muslim Invasion of Spain”, en: Islamic Studies, p. 186.
[7] Barceló, op. cit., p. 186.
[8] Cahen, Claude, El Islam I. Desde los orígenes hasta el comienzo del Imperio otomano, Historia Universal Siglo Veintiuno, v. 14, México, Siglo Veintiuno Editores, p. 53.
[9] Lapidus, Ira Marvin, A History of Islamic Societies, pp. 65-67. 
[10] Brockelmann, Carl, History of the Islamic Peoples, 102-103.
[11] Al-Tabari, The History of al-Tabari, v. XXVII, p. 196 y ss.
[12] Ibid, p. 198.
[13] Marìn-Guzmàn, Roberto, “Ethnic Groups and Social Classes in Muslim Spain”, en: Islamic Studies, p. 37.
[14] Pareja, Islamología, p. 102.
[15] Marìn-Guzmàn, op. cit., p. 41.
[16] Marín-Guzmán, op. cit., p. 41.
[17] Hodgson, The Venture of Islam, p. 309.
[18] Marín-Guzmán, op. cit., p. 45.
[19] Ibid, p. 46.
[20] Pareja, op. cit., pp. 162-163.
[21] Al-Tabari, La Historia de al-Tabari, v. XXVIII, p. 55.
[22] Cahen, op. cit., p. 55.
[23] Safran, op. cit., pp. 125-132.
[24] Encyclopedia of Islam, New Edition, v. VIII, pp. 81-82.
[25] Safran, op. cit., pp. 128-129.
[26] Encyclopedia of Islam, op. cit., p. 82.
[27] Pareja, op. cit., p.165.
[28] Hodgson, The Venture of Islam, pp. 326-327.
[29] Ibid, pp. 493-495.
[30] Lapidus, op. cit., pp. 132, 371-374.

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